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Guerra y cuidado Los equipos de primera respuesta se niegan a guardar silencio: Diarios de trabajadoras del Líbano
Las trabajadoras de primera línea en el Líbano defienden el derecho al cuidado frente al peligro. Nissrin El Massri está utilizando su voz para dar voz al anhelo de otras socorristas que reclaman la protección de todo el personal de la salud. Juntas, las socorristas piden solidaridad mundial mientras siguen alzando la voz contra una guerra que está privando a la población civil y a lxs trabajadores de seguridad, dignidad y supervivencia.
Jesse Saidu
En una tarde gris durante la guerra en el Líbano, Nissrin El Massri se encontraba frente a un viejo edificio que de repente se había convertido en un refugio. Las voces de los niños se mezclaban con el flujo constante de noticias procedentes del sur, donde los efectos de los bombardeos y los desplazamientos seguían marcando otro día más lleno de miedo e incertidumbre.
Nissrin habló en voz baja mientras ordenaba unos papeles sobre una mesita: «La situación es mucho peor de lo que la gente ve en las noticias».
A medida que los ataques contra las aldeas fronterizas se intensificaban estos días, oleadas de familias desplazadas comenzaron a llegar a los pueblos y ciudades cercanos. Escuelas, ayuntamientos e incluso algunos monasterios se han transformado en refugios temporales. El gobierno ha estado tratando de organizar la respuesta a través del Ministerio de Asuntos Sociales, pero los recursos disponibles siguen siendo limitados, mientras que las necesidades crecen por minutos.
Nissrin trabaja con un sindicato, el Sindicato de Trabajadores Sociales del Líbano. Desde que comenzaron esta serie de ataques por parte de Israel, los miembros del sindicato formaron equipos de respuesta de emergencia en diferentes regiones del país. Operan en gran medida como voluntarios que apoyan la respuesta humanitaria del gobierno.
«Nos coordinamos con el ministerio», explica, «e intentamos estar presentes donde los recursos no pueden llegar».
En un refugio, una mujer desplazada estaba sentada con sus dos hijos, mirando la puerta cada vez que se abría, como si esperara noticias o un rostro conocido. Su esposo se había quedado en su aldea cerca de la frontera para cuidar su casa. Como ella, docenas de mujeres habían llegado a los refugios: algunas sin dinero, otras sin idea de lo que podría deparar el mañana.
Mientras tanto, el equipo de Nisrrin sigue trabajando en coordinación con los municipios y el Ministerio de Asuntos Sociales para distribuir ayuda a las familias desplazadas. Por lo general, se da prioridad a las personas que se alojan en los refugios, simplemente porque los recursos son extremadamente escasos.
Nissrin El Massri Sindicato de Trabajadores Sociales del Líbano

No tenemos grandes soluciones. Solo intentamos asegurarnos de que nadie se quede solo
Nissrin lo explica con doloroso realismo:
«En teoría, se supone que quienes alquilan viviendas fuera de los refugios pueden arreglárselas. Pero la verdad es que la situación económica en el Líbano es extremadamente difícil, y muchos de ellos apenas pueden pagar el alquiler».
Una noche, el equipo de Nissrin se hizo cargo de un pequeño refugio que el ministerio no había podido cubrir. Allí se alojaban unas cincuenta personas, en su mayoría mujeres y niños. Las voluntarias llevaron mantas y algo de comida enlatada. No era mucho, pero era todo lo que tenían. Mirando a través del salón abarrotado, Nissrin dijo en voz baja: «No tenemos grandes soluciones. Solo intentamos asegurarnos de que nadie se quede solo».
Afuera, la ciudad pasó otra noche tensa bajo el peso de las tensiones políticas y el ciclo implacable de noticias de guerra. Adentro, decenas de socorristas y ciudadanos simplemente intentaban encontrar un momento de calma: dormir en paz, aunque solo fuera por una noche.
Pero la calma no duró. Sus mayores temores habían cobrado vida y los despertaron a la mañana siguiente. Lo que ya se sentía insoportable comenzó a desmoronarse en algo aún más aterrador: aquellxs que intentaban salvar vidas ahora estaban perdiendo las suyas.
Se ha asesinado a trabajadorxs de la salud. Desde que comenzó la escalada, se han producido unos 87 ataques contra centros de salud, en los que han perdido la vida 52 trabajadorxs de la salud mientras atendían a los heridos. Entre ellos se cuentan más de 26 paramédicxs, médicxs, enfermerxs y técnicxs de emergencias médicas. El Centro de Atención Primaria de Bourj Qalaouiyeh, en el sur del Líbano, quedó reducido a escombros.
El miedo se instaló de otra manera después de eso. «Solíamos correr hacia los hospitales cuando las cosas se ponían mal», dijo en voz baja una mujer desplazada dentro del refugio. «Ahora no sabemos adónde ir».
Para trabajadoras como Nissrin, este cambio es imposible de ignorar.
Cuando lxs trabajadores de la salud son blanco de ataques, todo el sistema se desmorona. Significa que nadie está a salvo. Ni los heridos, ni los enfermos, ni siquiera quienes intentan ayudar.
Daniel Bertossa Secretario General de la ISP

La ISP siempre ha dejado claro que debe haber tolerancia cero ante los ataques dirigidos contra el personal de la salud en zonas de conflicto. Los líderes mundiales no pueden permitir que este tipo de ataques se conviertan en algo habitual
La condena internacional no se hizo esperar, pero para quienes se encontraban sobre el terreno, esas palabras tenían un carácter de urgencia, ya que describían una realidad que ya se estaba desarrollando. Tedros Adhanom, director general de la OMS, afirmó: «El personal y las instalaciones médicas nunca deben ser objeto de ataques ni militarizarse».
En los refugios, lxs voluntarixs y lxs trabajadorxs de la salud se aferran a una frágil esperanza. Ya no se trata solo de desplazamiento, sino que constantemente surgen preguntas existenciales.
La Internacional de Servicios Públicos ha intensificado su labor de promoción a nivel mundial a través de la campaña «Los trabajadores de la salud no son un objetivo», presionando para que se rindan cuentas y exigiendo la protección de lxs trabajadores de la salud y del cuidado en las zonas de conflicto. A través de sindicatos, plataformas internacionales y acciones coordinadas, la campaña está amplificando las voces de la primera línea e insistiendo en que los ataques contra los servicios de salud nunca deben normalizarse.
Como afirmó Daniel Bertossa, secretario general de la Internacional de Servicios Públicos:
«Estos actos son inconcebibles. Privan a las comunidades de una atención vital justo en el momento en que más se necesita y agravan una situación humanitaria ya de por sí catastrófica. Como voz mundial de los sindicatos de trabajadorxs de la salud, la ISP siempre ha dejado claro que debe haber tolerancia cero ante los ataques contra el personal de la salud en zonas de conflicto. Los líderes mundiales no pueden permitir que tales ataques se normalicen».
En este mes de marzo, dedicado a las mujeres, Nissrin está utilizando su voz para amplificar el llamado de otras mujeres de manera más abierta, no solo como socorristas, sino como testigos. La postura de Nissrin es clara: «No tenemos grandes soluciones, pero seguiremos hablando. Porque el silencio es lo que permite que esto continúe».
Este texto se ha redactado a partir de las notas de las socorristas, recopiladas por Nissrin El Massri.